Un extraño en el establo

escrito por Andreína Méndez

ilustraciones e idea original por Ana Velia

La Primera Guerra Mundial - Francia 1918.

a victoria del ejército Estadounidense sobre las fuerzas armadas Alemanas en el bosque de Belleau había cobrado no sólo las vidas de muchos Alemanes sino también de varios Americanos. Aunque los soldados sobrevivientes se alegraban de haber vencido en ésta batalla, siempre quedaba el luto por los compañeros que habían muerto.

-Pobre Stear! dijo Mark, un jóven soldado que se había hecho muy amigo de Stear. -Morir tan jóven y tan lejos de su patria y sus seres queridos.-

-Así es la guerra de injusta, comentó otro de los soldados. -Es un mal social muy grande.-

Mientras tanto, en un monasterio que quedaba cerca de los cuarteles Americanos, los frailes se encontraban rezando para que la guerra terminara. De pronto los ruegos de los religiosos fueron interrumpidos por el sacristán que entró precipitadamente.

-Espías!!! dijo agitado tratando de mantener la voz baja por respeto al Santuario. -Espías...e-en e-el establo!!!-

-A qué te refieres? preguntó Fray Dupont.

-E-e-en el establo. H-hay un hombre en el establo, tartamudeó el sacristán.

-Pero, cómo un hombre? Explícate, dijo Fray Dupont alarmándose pues el monasterio había refugiado las tropas Americanas hacía una semana y él temía que los Alemanes se hubieran dado cuenta.

-Fuí al establo a darle de comer a los caballos y había un hombre. Él no me vió y yo no le dije nada porque puede ser un espía Alemán y primero quise avisar.-

-Haz hecho bien, hijo, dijo Fray Dupont. -Fray Beltran acompáñeme al establo.-

-Tengan mucho cuidado.-

Los dos frailes salieron del monasterio y se dirigieron hacia el establo. Se acercaron tratando de no hacer el menor ruido. De pronto escucharon sollozos que venían desde adentro. Sollozos que cada vez se hacían más fuertes y dramáticos.

-No es un espía, dijo Fray Dupont aliviado. -Es una víctima más de esta tonta guerra. Entremos.-

Al entrar se convencieron de sus sospechas. Un hombre que mas bien parecía una piltrafa humana lloraba desconsoladamente en el cieno. El pelo enmarañado por la mezcla de sangre seca y polvo y el uniforme del ejército Americano hecho harapos revelaban que el jóven no era otra cosa más que un sobreviviente de la última batalla.

-Rápido! dijo Fray Dupont. -Ayudemos a éste hombre!-

Pero al acercarse el jóven rápidamente se paró y se refugió contra la pared. Por la mirada de terror en sus ojos se veía que el muchacho estaba severamente traumatizado.

-Calma, somos amigos, dijo Fray Dupont amablemente. -Queremos ayudarte, estás herido.-

-Cómo te llamas? preguntó Fray Beltran. Pero el muchacho, al parecer recordar su identidad, soltó el llanto más fuerte aún.

-Estás asustado, es lógico. Probablemente estuviste a punto de morir. Déjanos ayudarte, insistió Fray Dupont.

Las palabras amigas de los frailes hicieron que el jóven se tranqulizara un poco. Aceptó acompañarlos al monasterio para que le lavaran, vendaran sus heridas y le dieran de comer. Después aceptó dormir un rato pero su sueño era interrumpido cada hora por alguna horrible pesadilla. Los frailes pensaron en ir al campamento Americano para que algún general lo viniera a identificar pero después pensaron que era muy arriesgado. Mejor esperarían a que el muchacho se recuperara y les dijera quién era.

Pasaron las semanas. El jóven parecía mejorar. Sin embargo, aún lloraba y decía cosas sin sentido pero que claramente reflejaban su dolor por amigos muertos en batalla, compañeros en constante peligro y seres queridos que desde hace mucho no veía. Por otro lado, en sus momentos de lucidez, era un jóven muy simpático e inteligente. Había arreglado varias cosas en el monasterio que ya no servían. Bueno, aunque algunas de las cosas que arreglaba se volvían a descomponer. Y en una ocasión hasta quiso construír un timbre especial para llamar a los frailes a las comidas. El timbre se quedó pegado y los frailes tuvieron que soportar el aturdidor sonido durante toda la cena.

Una noche, antes de la oración final, el jóven le dijo a Fray Dupont que estaba listo para hablar. Fray Dupont lo llevó al confesionario para hablar con más tranquilidad. El jóven le contó todo. Se llamaba Stear Cornwell y había decidido enlistarse en el ejército como aviador. En la batalla de Belleau había estado a punto de morir cuando su avión había sido bombardeado. Antes de que el avión explotara había logrado escapar. Minutos más tarde había quedado inconciente pero después había vuelto en sí y se había refugiado en el establo del monasterio. Fray Dupont le aconsejó que fuera a reportarse con el general. Probablemente lo tenían por muerto y su familia estaría sufriendo mucho. Stear decidió seguir el consejo del fraile y regresar al cuartel. Se despidió de todos y prometió escribirles.

Horas después se encontraba en los cuarteles Americanos. El general del batallón decidió relevarlo de su servicio mientras se recuperaba emocionalmente. Stear no quería aceptar pues quería seguir peleando heroicamente junto con sus compañeros, pero el general lo convenció. Stear estaría saliendo para los Estados Unidos al día siguiente. Esa noche en el campamento, Stear lloró recordando a todos sus amigos que había perdido en la guerra pero después una sonrisa iluminó su rostro al recordar a los seres queridos que volvería a ver en América - Archie, Candy, Paty.....

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