ADVERTENCIA: A diferencia de mis dos fanfics anteriores, este es un Albert-Fic. Si sientes que no soportas esta clase de relatos (antes me pasaba) y que no te va a gustar la historia por el simple hecho de que Candy NO queda con Terry, entonces, POR FAVOR... no la leas... Y si lo lees... a tu propio riesgo...

Esta historia comienza inmediatamente donde el manga termina, en las tres últimas páginas. Enjoy!

Secretos de la Colina

por Dorita

“Tengo tantos recuerdos en esta colina... risas... llantos...”

“Niña... Te ves más bonita cuando sonríes”

Candy recordó con mucha ternura aquella frasea tal punto que le pareció oírla de nuevo. Se sobresaltó al darse cuenta de que realmente había escuchado eso. Perpleja, se volteó y vio a Albert junto al viejo árbol. El joven repitió lentamente, para confirmarle bien lo que había escuchado:

« Te ves más bonita cuando sonríes… »

La mente de Candy entró en un estado de agitación febril. ¡Un momento! pensó mirando a Albert con los ojos cuadrados de la sorpresa. Esa voz tan dulce... los cabellos rubios... los ojos azules... ¡Dios mío! ¡Él es... es... se parece tanto... ¡Es el Príncipe!

Candy se quedó atónita ante esta revelación. La imagen del Príncipe de la Colina estaba grabada indeleblemente en su memoria. Al examinar a Albert con más atención, reconoció poco a poco los rasgos de su querido Príncipe. Claro que el tiempo los había modificado y ya no tenía cara de niñito bonito, sino de un hombre muy guapo. Pero la mirada buena y tierna no había cambiado para nada.

Candy sintió que algo muy dulce le subía de golpe por la garganta. Una sensación de dicha invadió todo su cuerpo. Albert le sonrió tímidamente y todo el rostro de Candy se iluminó con una gran sonrisa.

¡Albert! pensó la chica con emoción. El tío William... y ahora... ¡Mi Príncipe!

Candy no contuvo más ese sentimiento y respiró muy hondo. El viento se mezcló con el aroma de las flores de la Colina de Pony mientras Candy comenzaba a correr hacia Albert. Él abrió los brazos para recibirla. También se sentía muy emocionado en ese momento de verla tan feliz al descubrir su otra identidad secreta.

“Candy...” se dijo al verla reír mientras corría. “Me encanta tu sonrisa... Nunca la olvidaré. Candy... ¡Nunca te olvidaré! Nunca lo hice...”

Soltó una carcajada cuando la muchacha se tiró en sus brazos. Ambos rieron con alegría mientras Albert le hacía dar varias vueltas en el aire. Cuando la volvió a bajar, los dos dejaron la risa para mirarse a los ojos un momento. Suavemente, Candy recostó su frente contra el pecho de Albert mientras él la estrechaba en un cálido abrazo.

« Candy... » murmuró él hundiendo el rostro en los rizos rubios de Candy.

« ¿Así que eras tú todo el tiempo? ¿Por qué nunca dijiste nada? »

La chaqueta de Albert atenuaba la voz de Candy, por lo que la abrazó con más fuerza para oírla mejor mientras respondía:

« Pensé que lo habrías olvidado... Eras tan pequeña. ¿Qué sentido habría tenido recordártelo?

-¿Olvidarlo, dices? -exclamó Candy separándose de Albert para mirarlo a la cara.- Nunca te olvidé.

-Yo tampoco. -aseguró él. Y nunca, nunca pienso olvidarlo.

-Ya me había resignado a no volverte a encontrar... Ni siquiera sabía tu nombre... ¿Por qué te marchaste tan rápido esa vez? »

Albert alzó los hombros, tristemente resignado.

« Ya sabes... mi existencia no ha sido más que un secreto todo el tiempo. Tuve miedo de estar haciendo algo que me estaba terminantemente prohibido... y salí corriendo. Siempre lamenté haber hecho eso.

-Mira, tengo algo que darte. »

Candy se apartó de Albert y se puso a buscar algo en el bolsillo de su vestido. Él la miró con curiosidad y extendió la mano para recibir un pequeño objeto. Al examinarlo con atención exclamó:

« ¡Mi broche! ¡Candy! ¡Es mi broche! ¿Qué haces tú con él?

-Se te cayó ese día mientras te ibas... ¡esa era mi única prueba de que no habías sido una ilusión!

-¡Así que ahí fue donde lo perdí! No tienes idea de cuánto me regañaron por haberlo perdido... era una joya de familia. »

Candy sintió como si hubiera cerrado un capítulo en su vida. Siempre había querido encontrar al Príncipe para devolverle el broche de los Andrey y ahora que finalmente lo había hecho... se sentía muy feliz y muy triste a la vez. Una lágrima rodó por su mejilla, pero no supo identificar si era de alegría o de dolor. Mantuvo una sonrisa tímida, pero los labios le temblaban un poco. “Creo que voy a llorar” pensó alarmada.

Albert también se dio cuenta y tomó el rostro de Candy entre sus manos. Le secó las lágrimas con sus dedos. La chica se estremeció con ese contacto y sintió que se sonrojaba.

« Pero, Candy, ¿por qué lloras? Por favor no llores...

-Mi Príncipe... » balbuceó Candy.

Y con estas palabras lo abrazó otra vez. Repitió otra vez “Mi Príncipe...” mientras él acariciaba sus cabellos. Albert olía muy rico y entre sus brazos, Candy se sentía tranquila... protegida... feliz.

« Mi princesa... »

Candy abrió los ojos, un poco asustada. ¿Princesa? Dio un paso hacia atrás, sin soltar a Albert, y lo miró sorprendida:

« ¿Princesa? No entiendo... ¿qué estás diciendo? »

Albert se sonrojó. Oh, ligeramente. Pero se sonrojó y ella se dio cuenta. Candy no pudo evitar sentir una gran curiosidad de averiguar la razón. Él se río nerviosamente y comenzó a contar:

« Está bien, pero no te rías de mí ¿está bien, Candy? -ella asintió interesada.- Yo era un niño muy solitario, porque no me permitían amigos. Tenía muy poco contacto con niños de mi edad. Ese día que me escapé y que te vi... no sé cómo explicarlo... sé que eras muy pequeña en esa época, pero al verte tan linda... pensé que cuando fueras grande serías hermosa... Y que yo querría tener una novia como tú. Fue la primera vez que me puse a pensar en que algún día yo iba a tener una. Decidí que serías una princesa, como en los cuentos de hadas... MI princesa. -Albert trató de reírse- ¡Pero no era más que un niño! ¡Sólo tenía trece años! »

Albert miró a Candy con penita, pero ella no se reía. La chica explicó con una sonrisa angelical:

« Es lo más lindo que me han dicho. ¿Yo, una princesa? Oh, Albert... »

Candy volvió a acurrucarse en los brazos del hombre. Él cerró los ojos y pensó: Candy... no te dije que ahora pienso que eres hermosa y que quisiera que fueras mi novia... Calla, tonto, todavía es muy pronto para pensar en eso... Te quiero tanto...

« Te he extrañado mucho todos estos años... -dijo Candy refiriéndose al Príncipe. ¿Por qué no volviste otro día a verme? »

La chica lo miró con cara de reproche. Él suspiró:

« Esa semana, decidieron que yo estaba dando muchos problemas permaneciendo en América... Mi escapada fue como un timbre de alarma. Me enviaron a estudiar al Colegio San Pablo.

-¡Oh! ¡Pobre de ti!

-¡Candy! ¡Ese colegio no es tan malo...! Pero sí debo admitir que fui muy desdichado ahí... Imagínate, yo siempre había estado acostumbrado a mi libertad relativa y a mi soledad y de pronto estaba en una escuela con un mundo de compañeros y reglas estrictas. Pero a pesar de mis constantes ruegos, permanecí ahí hasta graduarme. ¡Ja! ¡Apenas salí tomé la existencia esa del vagabundo que conociste!

-Tu historia se parece mucho a la mía... » observó Candy.

Por primera vez en mucho tiempo, Candy miraba a Albert de forma distinta. Lo entendía mejor y lo veía desde una perspectiva más humana. El haber compartido tantos secretos ese día los unía mucho más de lo que estaban antes, y eso que ella creía no poder ser más unida a Albert. Le sonrió, franca y abiertamente como sólo ella lo sabía hacer. Casi involuntariamente, le acarició su melena dorada. Pero interrumpió el gesto, asustada de lo que podría significar.

Albert la miró profundamente a los ojos. Cuando ella había empezado su caricia, él había creído que iba a explotar de felicidad. Pero cuando ella quitó su mano temerosamente, él se la agarró.

Candy volvió a estremecerse al sentir la mano de Albert contra su piel. “¿Qué es esto?” -se asombró la chica. “Sólo me he sentido así con...” No terminó su pensamiento, porque Albert le besó la mano. Ella no pudo atinar a hacer más nada que mirarlo con la boca abierta, mientras una gama de sentimientos nuevos comenzaban a agitarse en su corazón. Albert le besaba los dedos uno por uno, con mucha ternura, sin dejar de mirar a los ojos, donde ella pudo leer sin dificultad alguna el inmenso amor que éste hombre sentía por ella.

Al llegar al dedo meñique, Albert dejó la mano de Candy contra su cara y la movió suavemente para rozara sus mejillas. Le soltó lentamente la mano. Entonces ella continuó su caricia con más confianza, explorando el rostro de Albert con sus manos. La frente... los ojos... la nariz perfilada... los labios.

Candy puso los dedos sobre los labios de Albert. Se quedó un momento acariciándolos con la yema de sus dedos, perdida en sus pensamientos. El contacto de las manos de Candy parecía quemar a Albert y enviaba una corriente de impulsos eléctricos a través de su cuerpo. Si me atreviera... pensó. Oh, Candy, ¿tienes alguna idea de lo que me haces sentir al estar así conmigo? Pero no se movió, dejando que acariciara su cara hasta que Candy se sonrojo y dijo, con la voz un poco débil, pues se le había formado un nudo muy extraño en la garganta:

« Albert... -murmuró- Tú has sido todo para mí desde el principio... tú lo sabes, ¿verdad? »

Él asintió lentamente y la tomó por la cintura acercándola brevemente a él para murmurarle al oído:

« Candy... tú también. »

Candy sintió ganas de llorar otra vez, pero sonrió y tomó a Albert de la mano.

« Regresemos a la fiesta... ¡Deben estar extrañándonos! »

Albert sonrió también, pero la atrajo otra vez hacia él y le dio un beso en los cabellos. Una sonrisa pícara apareció en el rostro de Candy. Se alzó en la punta de los pies y besó rápidamente su mejilla. Un beso furtivo, tierno, y lleno de esperanzas.

Entonces, bajaron la colina de Pony cogidos de las manos. Lo que fuera que les depara el futuro, estos dos estarían juntos, ya que ahora tenían la certeza de que sus vidas estaban cruzadas para siempre.......

Capítulo 2: Una Tarde muy especial.

Candy salió al portal del Hogar de Pony y se sentó en un escalón para ver las estrellas. Era bastante tarde y la noche estaba muy fría, pero de verdad no podía dormir. Entonces había preferido levantarse y reflexionar un poco sobre todo lo que había sucedido en ese día.

“¡Qué alocado día! A ver... Haré una lista de todo lo que me pasó hoy. Descubrí que Albert era el Príncipe.”

Hubiera querido seguir con su lista, pero sentía que ese acontecimiento requería un análisis mucho más profundo. Cerró los ojos y suspiró entrecortadamente, pues sentía un extraño miedo de tener que ponerse a pensar en lo que había sentido.

Él había sido una de las figuras importantes de su infancia y la niña que había sido soñaba con volver a ver a ese muchacho tan lindo al que había bautizado “Su Príncipe”. La elegancia y sus maneras refinadas la habían impresionado y además había sido bueno con ella. Y ahora resultaba ser Albert. Se preguntó fugazmente si eso no significaría algo importante.

Pero su mente no le permitió indagar más sobre ese tema: parecía que por alguna razón no quería, no podía pensar en las consecuencias de ese maravilloso descubrimiento. “Supongo que aún no estoy lista para ello” se dijo y, más tranquila, siguió con su “reprise” de ese día.

Cuando Albert y ella bajaron de la Colina, encontraron a Annie, Archie y a Patty metidos en la cocina con la señorita Pony y la Hermana María, haciendo los últimos arreglos antes de empezar con la fiesta. Candy habría querido ayudarlos, pero no se lo permitieron, ya que era la agasajada.

El almuerzo fue servido para todos, a pesar de que ya estaba bastante entrada la tarde. Candy estaba muy contenta pero lo que más feliz la hacía eran las miraditas de complicidad que ella y Albert intercambiaban de vez en cuando. Esa fiesta no habría sido lo mismo si no hubiera sabido que Albert era... ¡y de nuevo volvía el tema! Candy sacudió la cabeza, impaciente y siguió recordando.

Después de comer, todos se habían puesto a jugar con los niños del Hogar. Hasta Annie y Patty corrían como chiquillas y se divertían mucho. Candy, que había llegado a estar muy preocupada de lo mucho que la muerte de Stear había afectado a Patty, vio satisfecha como su amiga se recuperaba de su dolor. Ah, pero Candy no se quedaba atrás en los juegos. Y Albert, Albert había resultado ser la sorpresa en las carreras de sacos, ganándole a todos con una gran ventaja.

El último juego al aire libre que habían organizado había sido el de las escondidas. Candy había querido esconderse por detrás de la casa, pero se había dado cuenta que el sol se estaba poniendo y tuvo una inspiración: subió hasta la Colina para verlo mejor. ¿Y a quién se encontró muy sentado arriba del árbol? A Albert, claro. Albert, Albert, Albert. Lo quisiera o no, todo ese día había girado en torno a él.

Cerró los ojos para volver a ver la sonrisa de Albert cuando se había bajado del árbol. Se habían mirado sin decir nada y de repente Albert le puso el broche de los Andrey en las manos:

« Candy... quiero que te quedes con él.

-Pero Albert... -protestó ella inútilmente.

-No. De verdad quiero regalártelo. Todos estos años ha sido tuyo. No creo que haya sido una coincidencia que fueras tú la que lo encontrara y guardara. ¿Tú que crees? »

¿Qué se respondía a algo así? Candy había enmudecido y se había puesto a mirar el broche con atención, para convencerse que esta vez era suyo, que el Príncipe se lo había regalado. De repente otra pregunta le pasó por la mente:

« ¿Por qué usabas el kilt ese día?

-Estaba en una fiesta, Candy. Me escapé porque estaba aburrido y malhumorado de tener que estar ahí. -respondió él, poniéndose serio.

-Pero ¿de dónde te escapaste? Has debido caminar una distancia enooorme.

-Bueno, ahora que lo pienso, en verdad sí caminé mucho, pero estaba tan aburrido que no me importaba. Además, ya sabes lo mucho que me gusta pasear. »

Albert sonrió otra vez al decir eso. Candy se dio cuenta entonces que a Albert no le gustaba hablar mucho de su infancia. Sin embargo, le hizo una última pregunta:

« ¿Y todo ese tiempo supiste que era yo? ¿Cuando me rescataste en el río... y en Londres...?

-¿Honestamente? No, no sabía quién eras. Es decir yo recordaba un niña linda que se parecía a ti y todo, pero no sé, no se me ocurrió que pudieran ser la misma... ¿Sabes cuándo me di cuenta que eras esa niña? -Candy negó con la cabeza- Cuando recuperé mi memoria... Por una razón extraña, al recodar todo de golpe; a ti, mi enfermerita y la niñita de la Colina, es que entendí que eran las mismas... Y que era la Colina del Hogar de Pony a la que había llegado ese día que te vi. »

Candy hubiera podido quedarse mucho tiempo así, junto a Albert mirando el sol ponerse, pero Jimmy había subido corriendo a la colina, buscando el escondite de su amiguita Candy. Así que habían regresado los tres al Hogar, y Candy cada vez sentía que ese día sólo traía hermosas sorpresas.

Lamentablemente, ya era bastante tarde, y por mucho que todos hubieran querido quedarse a dormir en el Hogar, las camas no habrían sido suficientes. Archie fue quien sugirió que se retiraran y pasaran la noche en la Residencia de Lakewood, porque el trayecto sería más peligroso si esperaban más.

En ese mismo portal se habían despedido todos de Candy. Primero Annie y Archie, comentándole lo bien que la habían pasado. Después Patty, que reiteró su deseo de regresar al Hogar y quedarse ahí por un tiempo. Regresaría a Chicago para convencer a sus padres. Candy deseó con todo su corazón que los O’Brien lo permitieran.

Albert fue el último en despedirse, cuando ya todos estaban instalados en el carro. Le había dado un abrazo rápido y un beso en la frente. Pero al sentir sus manos sobre sus hombros mientras él la miraba afectuosamente, Candy no pudo evitar sentirse muy triste. “Si antes había una parte de mí que no quería dejar a Albert al venirme al Hogar, ahora lo único en que puedo pensar es que no lo voy a ver en muchísimo tiempo y que lo voy a extrañar demasiado...” pensó y toda su tristeza se debió reflejar en su cara: Albert le sonrió suavemente y le dijo al oído:

« Vamos, Candy... Nos veremos más pronto de lo que crees. Me harán una fiesta para celebrar mi presentación a la sociedad como Sir William. ¿Te gustaría ser mi pareja? »

Candy se apartó de él para mirarlo con los ojos brillantes de esperanza:

« Claro que sí. ¿Cuándo será la fiesta?

-Dentro de un mes, mas o menos. Tú ni te preocupes, te mandaré a buscar cuando sea la fecha. »

Y con esto, se habían marchado todos.

Ahora, al estar sentada en el portal, la promesa de esa fiesta era lo único que le impedía sentirse muy solita, pero eso Candy no lo sabía aún.

Sintiéndose más relajada, entró a la casa y se acostó en su camita. Entre las sábanas olorosas, exhausta de todas las emociones del día, no tardó en conciliar el sueño. Sus últimos pensamientos antes de dormirse, envueltos en una agradable atmósfera cálida y borrosa, fueron para un Albert sonriente tocando la gaita en la Colina.

 

Capítulo 3: Frente al espejo.

Candy alisó su uniforme de enfermera y tomó su bolso antes de bajarse de la carreta. Agradeció amistosamente al conductor y se despidió de él mientras tomaba el camino al Hogar de Pony. Mientras recorría la pequeña distancia, alcanzó a percibir el olor del almuerzo... “Mmmm... ¿estofado?” se dijo mientras aligeraba el paso para llegar más rápido: no habían ningún niño afuera, señal innegable de que el almuerzo estaba siendo servido.

Ya habían pasado tres semanas desde la fiestecilla que le habían hecho sus amigos en el Hogar. No había perdido nada de tiempo y ya estaba trabajando de voluntaria a tiempo parcial en un hospital bastante cerca al Hogar de Pony. A tiempo parcial, porque también deseaba pasar mucho tiempo en el Hogar con sus dos mamás, jugando y brindándole cuidados a los niños. Llegaba muy temprano al hospital y salía al mediodía, justo a tiempo para almorzar en el Hogar. Trabajaba de voluntaria, era porque sabía que Albert, Annie y Archie no perderían la ocasión de hacerla pasar unos días con los Andrey cada vez que pudiera, y no quería tener problemas en el trabajo por estar solicitando días libres a cada rato. Le pagaban por los días de trabajo realizados, y ese sueldo iba para el Hogar de Pony. Candy estaba muy satisfecha con el estilo de vida que llevaba.

Entró al Hogar y saludó a todos con una gran sonrisa. Fue a cambiarse inmediatamente y a lavarse las manos para no contagiar a nadie con alguna enfermedad del Hospital. Cuando salió, Patty, que tenía puesto un delantal blanco, le sirvió un plato caliente de estofado. Candy se lo agradeció y se sentaron juntas a la mesa.

Al enterarse de lo que su hija deseaba hacer, los padres de Patty no se habían opuesto a que pasara un tiempo en el Hogar de Pony, simplemente porque estaban muy preocupados por ella y temían que si la contrariaban se sentiría peor. Así que Patty vivía en el Hogar, ocupándose de las cuentas. “Siempre me encantaron las matemáticas” le decía a Candy cada vez que ésta la veía con recelo mientras sumaba los números. El resto del tiempo, estaba feliz de ayudar a la Hermana María y a la Señorita Pony en todo lo que le fuera posible.

Mientras Candy disfrutaba de su almuerzo, Patty le contaba los pormenores del día. De repente puso un sobre blanco delante de las narices de su amiga:

« ¡Mira! Te llegó una carta. ¿A que no sabes de quién? »

Candy se apresuró a tragar su bocado y se limpió las manos para examinar el sobre. Enseguida reconoció la letra de Albert.

« ¡Es de Albert!

-Sí. Yo también recibí una esta mañana. Era una invitación a una fiesta.

-¿En serio? -exclamó Candy entusiasmada, olvidando su almuerzo.

-Sí. Será este sábado. »

Patty le quitó la carta de las manos para que no dejara de comer. Candy ser rió con penita y terminó de comer. Durante esas tres semanas, Albert le había mandado ya una carta, en la cual le relata lo aburrido que era recibir abogados que le decían todos lo mismo. Candy le había respondido contándole su vida de enfermera, pero no era igual. Ésta era la carta que Candy esperaba con impaciencia. Y así lo dejó muy claro cuando apenas terminó de comer, corrió a su cuarto a leer la carta, bajo la mirada atónita de Patty.

Querida Candy:

Aquí te envío la invitación para la fiesta de este sábado. Te recuerdo, por si se te ha olvidado (lo cual, conociéndote, no me asombraría), que prometiste ser mi pareja.

Candy, te quiero pedir que te vengas a Chicago desde el jueves. Espero que no sea ninguna molestia. Enviaré al chofer, pero si no pudieras venir, sólo díselo y yo entenderé. Por Patty ni te preocupes, enviaré por ella el sábado. Pero me harías muy feliz si vinieras desde el jueves, ya que por motivos de la fiesta estaré libre por primera vez en lo que parecen siglos, y me gustaría pasar ese tiempo contigo.

Te esperaré.

Albert.

Candy se puso muy contenta y se puso a bailar en la habitación. “Lalalala...” tarareó mientras daba vueltas. “¡Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que fui a una fiesta a bailar! ¡Espero que no se me haya olvidado!” En los días siguientes, una Candy muy risueña se dedicó a contar las horas que faltaban para que fuera jueves.

***

Tal como Albert había ordenado, el chofer de los Andrey llegó ese jueves al Hogar de Pony. Candy tenía la maleta lista desde el martes; y no perdieron nada de tiempo en irse del Hogar, ya que el viaje hasta Chicago era bastante largo. Estaba ya bien entrada la tarde cuando llegaron a la Residencia Andrey.

Candy hubiera querido ir a ver a Albert de una vez, pero el mayordomo la hizo pasar a la biblioteca diciéndole que buscaría al Señor William y Candy no se atrevió a protestar.

Hizo bien, ya que Albert estaba en su recámara con el sastre de la familia, midiéndose el traje tradicional escocés de la familia Andrey. Ya habían pasado muchísimos años desde la última vez que lo había usado y el que tenía de niño obviamente ya no le servía. Discutía con el sastre sobre el largo del kilt cuando el mayordomo entró y le dijo con la solemnidad que le caracterizaba:

« La señorita Candice ha llegado, señor. Lo está esperando en la biblioteca. »

El rostro de Albert, que hasta ese momento sólo reflejaba cansancio, se iluminó al oír esa noticia. Una sonrisa casi involuntaria acudió a sus labios. Si hubiera sido por él, habría dejado todo en el aire y habría corrido a ver a Candy. Pero obviamente tenía que guardar la compostura, sobre todo con el sastre que había estado atendiéndolo por horas.

« Bien, Pierre -le dijo al mayordomo. Estaré ahí en un momento. Ian -ahora se dirigía al sastre - Ian, recuerda: no encima ni debajo, sino EN la rodilla. Gracias por todo.

-Bien, Señor Andrey, lo tendré listo para mañana.

-Gracias, Ian, hasta mañana. »

Albert se cambió rápidamente, y olvidándose de aparentar una serenidad que estaba muy lejos de sentir, se apresuró a llegar a la biblioteca. Se detuvo delante de la puerta para retomar el aliento y esperó que las mejillas no se le hubieran sonrojado de la carrerita que había echado desde su cuarto. Respiró hondo y abrió la puerta muy despacio.

Candy estaba de espaldas mirando los impresionantes tomos de libros en las estanterías de la biblioteca. Albert se quedó muy calladito un momento, admirándola en toda su sencilla belleza: el vestido que llevaba no era despampanante ni nada, pero se veía hermosa en él.

« Candy... -dejó escapar para que notara su presencia .

-¡Albert! »

Candy se volteó a verlo y le sonrió de oreja a oreja. No lo pensó mucho y corrió a abrazarlo. Él, que lo deseaba, pero no se lo esperaba, la recibió un poco sorprendido, pero le devolvió el abrazo tan pronto la sintió contra él. La meció suavemente y le dijo:

« Te he extrañado...

-Y yo también. »

Albert deseó no tener que soltar a Candy, pero ella se apartó después de un momento. Lo miró cuidadosamente, pues había temido olvidar su rostro por haber estado separados “tanto” tiempo. Dándose cuenta de que eso se podía prestar a mal interpretaciones, preguntó abruptamente:

« ¿Y cómo van los preparativos de la fiesta?

-Uff, ya me están volviendo loco. Si supuestamente es mi cumpleaños, yo debería pasarla bien, pero no me dejan ni respirar...

-¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué dijiste? ¡Albert! ¿Es tu cumpleaños?

-Sí, ¿no te lo dije? -se asombró él.

-¡Nooo! ¡Sólo dijiste que era un fiesta! Albert... no te traje ningún regalo.

-¡Vamos, Candy! -se rió Albert. No seas tonta, tú sabes bien que eso no me importa. Ya con que hayas venido es regalo suficiente para mí.

-Pero es que...

-No importa, olvídalo. De verdad es lo de menos. -Sus ojos brillaron de emoción- ¡Candy, ven! ¡Tengo una sorpresa para ti!

-¿Una sorpresa? »

Sin dejarle más tiempo para pensar, la tomó de la mano y salió de la biblioteca. Candy se dejó llevar y él no le soltó la mano hasta que llegaron al cuarto que era de Candy. Entraron y Albert, ordenándole que cerrara los ojos, se dirigió al armario y puso algo sobre la cama.

« ¡Ya puedes abrir! Te lo mandé a hacer sólo para ti. »

Candy abrió los ojos y vio sobre la cama un deslumbrante conjunto hecho del tartán de los Andrey. Era tan hermoso que no podía hacer otra cosa que mirarlo con la boca abierta.

« Al... ¡Albert! -balbuceó. ¡Es demasiado precioso! No has debido...

-Tonterías, Candy. Yo mismo vestiré con el tartán, y ya que serás mi pareja, he querido que estés vestida así. ¿Te gusta?

-¿Que si me gusta? ¡Claro que me gusta! ¿Cómo no podría gustarme? »

 

Candy se acercó y acarició el vestido con una sonrisa maravillada. Le gustaba la sencillez, pero como a toda chica le fascinaban los vestidos bonitos. Examinó con respeto los colores del tartán de los Andrey. Siete, siete, como tanto se lo habían repetido Anthony, Archie, Stear y la institutriz que tenía en aquella época. Era un honor particular que Albert se lo hubiera mandado a hacer, sería la prueba de que ella SÍ pertenecía a esa familia. Albert siempre tan bueno y con sus finas atenciones. La sacó de sus pensamientos al pedirle:

« ¿Te lo puedes medir? Me encantaría ver cómo te queda. ¿Quieres que te llame a una mucama?

-Oh, no, eso no será necesario. Yo puedo sola. »

Albert salió de la habitación, muy contento de ver que a Candy le hubiera gustado su vestido. “Seremos la mejor pareja de la noche” se dijo mientras imaginaba bailar con ella. Después de esperar un tiempo prudente, tocó tímidamente a la puerta. Un “Ya puedes pasar” le respondió y volvió a entrar al cuarto.

Se quedó parado en la puerta, incapaz de moverse ante esa aparición. De pie delante del espejo, estaba Candy engalanada de escocesa. Vestía una falda larga y una blusa blanca inmaculada. Cruzado sobre el pecho tenía el tartán de la familia. Ni en sus más locas fantasías se había imaginado Albert que a Candy le quedaría tan perfecto el vestido.

Sintió que algo se le atragantaba en la garganta, al tiempo que experimentaba una fuertísima atracción hacia la joven vestida de gala delante de él. Una atracción tan grande, tan solemne, que parecía haberse originado en lo más profundo de las raíces escocesas de Albert. Un solo pensamiento le pasó por la mente: “Esta es. Esta es la Mujer de mi Vida. ¡La amaré para siempre!”

Pero ¿cómo podía acercarse a ella? Tan bella y tan inocente. Los seis años que los separaban le hicieron preguntarse si tenía derecho siquiera a aspirar a su amor. Y quién sabe, tal vez su corazón aún no dejaba de pertenecerle a cierto joven actor. Esta posibilidad le dolió tanto a Albert que decidió esperar un tiempo prudente antes de tomar cualquier decisión apresurada que le costaría su amistad con Candy.

Y ella, ajena a la fascinación que ejercía sobre Albert, seguía arreglándose con desenfado. Se volteó a ver a su amigo, que ya se había repuesto de la revelación que había tenido, y le preguntó con cierta preocupación:

« ¿Para qué lado es que va el tartán? ¿Izquierdo o derecho?

-Derecho, Candy, derecho. »

Albert se acercó y se paró detrás de ella para verla en el espejo. Pensó fugazmente que ojalá algún día Candy llegara a usarlo del lado izquierdo, como las esposas de los jefes de clanes. SU esposa, claro. Sacudió la cabeza para espantar estos pensamientos y comentó poniéndole una mano en el hombro:

« ¿Sabes con qué sería lindo sostenerlo aquí? Creo que el Broche te quedaría de maravilla.

-Ah, sí, ¡qué buena idea! ¿Puedes buscarlo? Está en esa cajita. »

Albert se acercó a las maletas que los sirvientes habían subido. En la cómoda de Candy había una cajita muy sencilla de madera. La abrió con precaución.

Vio tres objetos. El crucifijo de Pony, una foto de Anthony, un recorte de periódico de Romeo y Julieta, y finalmente, el broche de los Andrey. Albert se consoló al ver que por lo menos, su recuerdo tenía un lugar especial entre los recuerdos de los otros dos amores de Candy. Regresó al lado de Candy, y mientras ella se abrochaba el tartán le preguntó:

« ¿Qué pasó con el crucifijo? Antes lo usabas todo el tiempo. ¿Ya no? ¿Por qué está en esa caja? »

Aquella vez Albert se había dado cuenta que Candy llevaba un broche de los Andrey, pero no se imaginó que sería el suyo; sino que sería algún regalo de Anthony, Stear o Archie. Candy sonrió suavemente y explicó:

« Cuando me viste usarlo esa vez, era una época tan difícil para mí... El peligro, el dolor estaban a la vuelta de la esquina. Pero ahora... últimamente... me he sentido tan bien... tan tranquila... Me siento protegida aún sin él. »

Candy se sonrojó, porque sabía que el nuevo aspecto de su relación con Albert tenía mucho que ver con ese sentimiento de paz interna. Rápidamente ocupó su mente en otra cosa, y se miró en el espejo.

A Albert no se le había escapado el rubor de Candy, y rogó esperanzado que fuera por él. Miró a Candy en el espejo, y se dio cuenta que hacía una mueca insatisfecha, como si no creyera que se veía bien. La examinó de arriba abajo y sugirió:

« Tu cabello... ¿por qué no lo sueltas? »

Juzgando la idea buena, Candy se llevó las manos a los lazos que tenía, pero Albert se le adelantó diciendo:

« Permíteme. »Y ella asintió, contenta de que Albert le ayudara a peinarse. Delicadamente, le soltó las dos colitas que tenía y le alisó el cabello para que los rizos no se dividieran. La larga cabellera cayó en cascada sobre sus hombros. Como siguiendo esa línea, él puso sus manos sobre los hombros de Candy.

Al eliminar el peinado infantil, había quedado delante del espejo una joven muy hermosa y Albert no pudo evitar reaccionar como el hombre que era:

« Candy... te ves... espectacular. »

Ella se sonrojó como aquella vez en la Colina; los cumplidos tan sinceros de Albert tenían ese poder, el de hacerle perder la calma instantáneamente. Sintió cómo las manos del joven temblaban sobre sus hombros. Albert estaba luchando con la tentación de acariciar los hombros de Candy, de deslizar sus manos por sus brazos, de apretarla contra él y pedirle que fuera suya.

Pero no lo hizo. Asustado, recordando su decisión de unos momentos, dio un paso hacia atrás y le sonrió diciendo:

« Te esperaré afuera. Pronto será hora de cenar. »

Le tocó cariñosamente la mejilla antes de salir. Pero Candy se quedó un momento inmóvil delante del espejo. La salida amistosa de Albert con ese gesto no la había engañado para nada. No era tan inocente como todos pensaban y ella sí había sentido el cambio en el ambiente de la habitación cuando Albert le puso las manos en los hombros. Al mirarlo en el espejo, vio cómo su mirada cambiaba para ponerse tan seria, tan seria que se quedó desconcertada: y ahora ¿qué? Sentía que no sabría cómo reaccionar si Albert movía sus manos como obviamente parecía querer. Pero a la vez, Candy había deseado con todas sus fuerzas que lo hiciera y su corazón había latido alocadamente en su pecho.

¿Cómo podía quedarse impasible ante el evidente cambio que estaba ocurriendo? Respiró entrecortadamente y se llevó las manos al corazón, sintiéndose muy confundida. Al levantar la mirada, se encontró con el reflejo del espejo. Se miró, un poco asombrada, pues la imagen difería con la que esperaba encontrar. En vez de la niña asustadiza, estaba ante ella una mujercita, que si bien tenía un poco de miedo en los ojos, no podía ignorar lo agitada que se sentía ni desconocer la causa de ello.

Todavía sonrojada, se apuró a cambiarse y a salir al pasillo, donde un Albert más sereno la esperaba. Le ofreció el brazo como si nada y fueron a cenar. Él, que se había dado cuenta que había ido demasiado lejos con sus locuras, llevó la conversación hacia temas agradables y seguros y al poco tiempo ambos olvidaron lo ocurrido y hablaban amistosamente como siempre lo habían hecho. Se hubieran podido quedar toda la noche echando cuentos, pero el viaje había cansado mucho a Candy así que se excusó temprano para ir a dormir. Albert pareció un poco decepcionado, pero la dejó irse mientras la miraba con una sonrisa condescendiente.

Capítulo 4: Confesiones en la hierba.

Al día siguiente, al despertarse, Candy encontró una nota junto a su cama:

“Vine a verte y estabas dormida. Te esperaré junto al lago. A.”

A Candy le pareció lindo que Albert hubiera pensado en ella de tan buena mañana. Se estiró perezosamente, estaba muy a gusto en esa cama inmensa, nadando en las gruesas sábanas especialmente bordadas para la familia Andrey. Se hubiera quedado ahí un rato más, pero recordó que si no se apuraba llegaría alguna mucama a ayudarla a bañarse, a vestirse, a peinarse... y a Candy no le gustaban tantas atenciones. Se levantó de un brinco y se arregló rápidamente. Después de desayunar se dirigió al lago para encontrarse con Albert.

Había esperado encontrarlo subido en el árbol, pero Albert estaba tirado en la hierba, mirando el cielo. Candy se sentó a su lado y él la saludó, contento de verla. Sin embargo, no quiso continuar la conversación, porque se sentía en paz con toda la naturaleza y disfrutaba a lo máximo de su día libre tan esperado. Candy lo entendió y se dedicó a jugar con las flores que habían por ahí, retomando la pose de aquella vez que habían pasado la noche en la cabañita de Albert y que George los había interrumpido para volver a Chicago. El verano estaba en todo su apogeo y ambos estaban felices de estar juntos.

Llevaban como una hora de estar así en la hierba. Albert, que ya extrañaba a Candy, rodó un poco y la miró. Se dio cuenta que su amiga ya había tejido dos coronas de flores y que ahora parecía muy ocupada con algo que tenía en las manos y murmuraba algo que Albert no podía oír.

« ¿Candy? -se sorprendió él. Estás deshojando una margarita? »

Candy se sonrojó un poco y le mostró tímidamente la margarita. Explicó, un poco apenada:

« Cuando estábamos en el Colegio, Patty era la que más sabía francés. Un día me enseñó a deshojar margaritas en francés y es mucho más divertido que en español. En vez de “me quiere, no me quiere” se dice: “Il m’aime un peu, beaucoup, à la folie, pas du tout”... »

Albert sonrió al oír la pronunciación de Candy, pero se puso serio rápidamente: ¿por qué Candy deshojaba una margarita? Sintió la punzada de los celos y preguntó en un tono muy alto:

« ¿Por qué haces esto, Candy? ¿Te gusta alguien?

-Ahh... -ella se rió nerviosamente. Puede ser que sí. »

Más sintió Albert la punzada en el pecho. Una multitud de escenas acudieron a su mente en espacio de segundos. En las más desagradable de ellas, Candy hablaba y se reía coquetamente con un doctor del hospital. Tenía miedo de enterarse, pero no pudo dejar de averiguar y la bombardeó de preguntas:

« ¿Quién es? ¿Lo conozco? ¿Lo ves a menudo? ¿Desde cuando te gusta?

-Pero... ¡Albert! -balbuceó ella, sorprendida.

-¡Candy! -a Albert se le heló la sangre. No me digas que... ¿Es Terry??

-¿¡Terry?! -se indignó Candy. ¡Nooo! ¡Claro que no, como crees! »

Miró a Albert con tanta indignación y vehemencia que se puso rojo de vergüenza. Quiso que se lo tragara la tierra por haber revelado sus celos tan fácilmente; bajó la mirada y se dedicó a estudiar con atención una margarita que tenía cerca.

Pasada su primera reacción de enojo, Candy se puso a pensarlo mejor: “Terry... hace tanto tiempo que no me detenía a pensar en él. ¡No puedo creer que Albert haya pensado eso! La verdad... Terry y yo, eso fue hace mucho tiempo... casi 3 años. No son más que recuerdos...” La chica pensó con nostalgia que aquella Candy de hacía 3 años en Escocia era muy diferente de la que estaba sentada con Albert junto al lago. Aquella era tan inocente... a la vez asustada e impaciente de conocer. Pero ahora... ¿ahora qué?

Volvió a mirar a Albert, que todavía estaba apenado y esperaba dócilmente como un niño espera un regaño. Candy pensó con una sonrisita que era la primera vez que veía a Albert celosillo y que, en el fondo, eso le agradaba bastante. Pero se compadeció de verlo tan incómodo y decidió darle un giro a la conversación hacia un tema que le había estando vueltas en la cabeza desde hacía un tiempo:

« ¿Qué me dices de ti, Albert? ¿Por quién deshojarías una margarita? Nunca me has contado de tus novias. »

Si Albert hubiera tenido algo en la mano, lo hubiera dejado caer al oír esa pregunta. Esperaba reproches, gritos, acusaciones, lágrimas tal vez. ¿Pero esto? Encontró los ojos de Candy fijados sobre los suyos con curiosidad. Se sintió un poco invadido, pero se dijo que si él conocía todo sobre los novios de Candy, no tenía nada que esconderle a ella.

« ¿Mis novias, Candy? ¿Estás segura que quieres saber esto? Podría tardar años contándote -añadió con picardía guiñándole el ojo a Candy.

-¡Albert! -se atragantó Candy.

-¡Jajaja! Era una broma, Candy. ¿Quién te crees que soy?

-La verdad, no sé mucho de ti -respondió ella suavemente. »

La mirada de Candy era dulce, pero Albert pudo notar un poco de tristeza en ella. Se sentó sobre la hierba y le tomó una mano:

« Es verdad, Candy. En todos estos años no te he hablado mucho de mí. Te prometo que esto va a cambiar a partir de ahora. Pero ya sabes... hasta hace muy poco teníamos muchos secretos entre nosotros.

-Lo sé. -Candy se sintió un poco turbada de la cercanía de Albert y de lo cálida que estaba su mano contra la suya y protestó quitando la mano- Bueno, pero no me hagas trampa, no cambies de tema.

-¡No estaba cambiando de tema! -se defendió él. Sólo preparaba el terreno...

-¿Pero entonces sí has tenido?

-Sí. »

Albert quitó la mirada, porque todavía no sabía cómo empezar. Candy, que comenzaba a sentir una irritante desazón, le facilitó las cosas al soltar varias preguntas a la vez, como él mismo lo había hecho momentos antes:

« ¿Cómo se llamaba? ¿Dónde la conociste? ¿Cuánto tiempo duraron? ¿Por qué terminaron? »

Albert se rió tímidamente y Candy no pudo evitar pensar que había momentos en que parecía un niño tierno e ingenuo. Tuvo ganas de abrazarlo, pero se acordó del tema que estaban tratando y se puso seria. Sin alzar la mirada, él comenzó a contar:

« Bueno. En el Colegio San Pablo yo no era muy sociable que digamos. Durante los recreos me daba escapadas por los jardines y a veces ni regresaba a clase. Tampoco iba a los bailes ni a eventos de esa clase. Te podrás imaginar que no tenía muchos amigos, pocos eran los que me hablaban en el salón de clases. La tía Elroy, por supuesto se desesperaba de mi comportamiento “poco digno de un caballero” y cada vez que podía, invitaba a compañeros y compañeras de familias nobles y adineradas a la mansión de Londres para que nos conociéramos mejor. ¿Qué crees? ¡Siempre me fugaba cuando llegaban las visitas! -Ambos se rieron.- Pero un día... mientras me escondía detrás de un macetero de la mansión, veo venir a una muchachita de mi edad, aparentemente tratando de esconderse también. Nos caímos bien instantáneamente y ahora que lo pienso, ella fue la única amiga que tuve en el Colegio. Se llamaba Madeline. Nos volvimos inseparables desde ese día, a pesar de la vigilancia de las monjas. La tía Elroy deploraba mi nueva amiga, porque a pesar de ser de buena familia, era muy poco convencional y las reglas de sociedad la tenían sin cuidado, como a mí, dicho sea de paso. Entonces, para exasperarla, no paraba de hablar de ella. »

La mirada de Albert pareció perderse en el vacío, recordando aquellos tiempos, mientras una sonrisa enternecida acudía a sus labios. Candy, sin saberlo, se sentía terriblemente celosa de esa Madeline, pues mientras ella era aún una niñita pensando en su príncipe, él ya la había reemplazado con esa chica. Pero luego recordó que más tarde, ella también lo había remplazado y preguntó en un tono muy bajo:

« ¿Y qué pasó? »

Albert suspiró y siguió contando:

« Bueno, como año y medio antes de graduarnos, su padre se encargó de un negocio en Italia y toda la familia se fue. Al principio me escribía, pero después de unos meses, dejaron de llegar cartas. No volví a saber de ella... en muchos años... »

Albert vaciló, dudando si contarle a Candy el resto. Al ver que su amiga se veía un poco pensativa, decidió hacerlo, para aclarar bien que el ciclo se había cerrado:

« En África, tenía una, eh... una amiga muy... especial. Creo que te hablé de ella en una carta, era una enfermera. Un día, ella me mencionó a una amiga que tenía, su mejor amiga. Vivía en Italia y... era Madeline. No sé en qué pensaba en ese momento, pero decidí ir a Italia a buscarla. Fue algo precipitado e irracional, pero ahora creo que fue bueno que lo hiciera. Cuando llegué a la ciudad que me habían indicado, fue solo para encontrar su casa saqueada y en ruinas. A pesar de que Italia aún no entraba en guerra, los nacionalismos y enemistades estaban exacerbados y no dudaron en atacar la residencia de ingleses. Todos estaban muertos, y ella también. Después de pensarlo mucho, decidí unirme al ejército. Mis raíces inglesas me lo reclamaban y el ambiente que se vivía en esos días acabaron de decidirme. Creo que esto nunca te lo he contado... Afortunadamente, nunca llegué al frente. De haberlo hecho, no sé si estaría vivo ahora o si podría alguna vez reponerme de haber combatido. Pero mientras iba en el tren, Poupé -fui tan loco de llevarme a Poupé, pero hoy no me arrepiento- Poupé saltó del tren en marcha. Lo seguí y en los segundos que siguieron, el tren explotó. Tú sabes el resto... »

Candy se quedó muy callada. Por fin se enteraba por qué Albert estaba en Italia y no en África y por qué estaba en ese tren de soldados. “Por ella, por ella, fue por ella.” se repitió y se sintió cada vez más triste. Sin atreverse a mirarlo a los ojos, preguntó, o más bien concluyó, asombrada de cuánto le dolía haberse enterado:

« La amabas... ¿verdad? »

El tono de Candy no se le escapó a Albert y se sintió miserable de ser el causante de ello. ¿Amar? Oh, no... nada de eso. Él sólo había Amado una vez... Se acercó más a Candy y tomó la carita llena de pecas entre sus manos para forzarla a mirarlo. Al verse reflejado en esos ojos verdes que lo miraban triste, sintió algo muy cálido en su corazón, pues entendió que ella le había importado y que en el fondo, estaba celosa, celosa de él. Exultando ante esta revelación se apresuró a aclarar:

« No. Yo no la amaba. Yo creía que la amaba en ese entonces. Pero no la encontré viva en Italia, porque ese no era mi destino. Ahora sé que no la amaba, que lo nuestro no fue más que un juego de niños, un amorcillo de Colegio... -Albert puso especial énfasis en estas palabras y Candy, entendiendo lo que implicaban, asintió lentamente para mostrarle que había entendido- Yo creo que mi destino era saltar de ese tren y perder mi memoria... y venir a Chicago, y que tú me encontraras... »

Se quedó un momento esperando la reacción de Candy. Sintió cómo las mejillas de ésta se sonrosaban entre sus manos y cómo su mirada se iluminaba, mostrando a la vez alegría, miedo y turbación. Albert fijó los ojos en los labios de la muchacha y sintió cómo una ola de calor le subía al cara al sonrojarse él también. Sólo tenía que acercarse para besarla, unos centímetros más y podría probar esos lindos labios rosados... Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no acercarse más. Desvió la mirada y pensó mientras la soltaba: “No así... no ahora...” Había leído en los ojos de Candy que ella no estaba lista aún y por nada del mundo quería forzarla a besarlo.

Candy observó con decepción cómo Albert se alejaba y se volvía a acostar en el pasto, como si nada. Por un momento había creído que la besaría y muy por dentro de ella no podía evitar sentir curiosidad si estaba en lo cierto o no. Miró la margarita olvidada en la hierba y le pareció absurda. Ya ni podía seguir con el juego, porque se le había olvidado por qué pétalo iba.

Meditó sobre las últimas palabras de Albert. En cierta forma había dicho que su destino era encontrarse con ella... Parte de Candy quería creer que esas palabras significaban mucho, pero la otra parte... La otra parte ¿qué? Candy comenzaba a enojarse contra esta otra parte de ella que no hacía más que confundirla a cada momento y no le aclaraba nunca las dudas que provocaba.

Pero algo que no podía negar era que definitivamente todo parecía apuntar a que Albert y ella debían encontrarse. Primero aquella vez en la Colina, luego en el río, en Londres, en Chicago... y finalmente en la Colina otra vez. Sonriente, se volteó hacia él y vio que tenía los ojos cerrados. Tomó una de las coronas y la puso suavemente sobre la cabeza del muchacho. Él abrió los ojos para encontrarse a Candy muy cerca de él y su corazón dio un salto. Albert se llevó una mano a la cabeza y encontró la corona. Candy se rió y dijo:

« ¡Es tu corona de Príncipe! »

Albert también se rió y se sentó para tomar la otra corona. Se la puso a Candy y dijo dulcemente:

« Y tú, serás mi Princesa. »

Antes de que Candy pudiera detenerlo, Albert le pasó una mano por la cintura y le dio un beso en la frente. Ella, sorprendida, se quedó con la boca abierta en forma de “o” y él añadió, tocándole la punta de la nariz con el dedo:

« Y mañana, seremos la mejor pareja de todo el baile. »

Candy se sintió deliciosamente abrumada por la cercanía de Albert. Podía sentir la respiración del joven contra su mejilla y siguiendo un impulso que aún no comprendía muy bien, se hundió en los brazos de Albert en un abrazo tierno. Él, por supuesto, la recibió y la mantuvo muy cerca de él. Le murmuró en el oído mientras la mimaba:

« Candy, hay algo muy especial que quiero pedirte... Estoy muy contento de estar contigo. Sé que eres feliz viviendo en el Hogar, pero por favor... vente a vivir conmigo aquí en Chicago. Me harías tan feliz... No tienes que responderme de una vez... Piénsalo, ¿sí? »

Candy asintió casi imperceptiblemente. ¿Cómo podía resistirle a Albert cuando estaba tan bien junto a él? Pero el Hogar... decidió pensar en eso más tarde y disfrutar su día con Albert.

Cápítulo 5: Una Fiesta de ensueño.

El resto de la mañana, Albert y Candy lo pasaron caminando juntos, correteando y mojándose a orillas del lago con grandes risotadas. “Me gustaría que esto fuera así para siempre” pensó Candy fugazmente mientras Albert la alcanzaba y le pasaba los brazos por la cintura.

Almorzaron y conversaban animadamente cuando George entró al comedor. Albert lo saludó, contento de verlo

« ¡George! Me alegra que hayas venido!

-Sir William –le estrechó la mano– Señorita Candy –le besó la mano.

-Ya terminamos de comer. ¿Quieres que llame para que te sirvan?

-No se preocupe por mí, Sir William. »

Albert miró a George detenidamente. En un punto de su adolescencia, George había dejado de llamarlo Albert, reemplazándolo por un respetuoso “Sir William”. Albert sospechaba que era para que se fuera acostumbrando a su posición social, pero cuando George usaba ese apelativo, Albert se sentía alejado por un muro invisible de ese hombre que había sido lo más cercano a un padre para él, el más atento de los hermanos mayores y el mejor de sus amigos.

George pensaba en el brillo en los ojos de Albert cuando había entrado a la sala. No dudaba ni un momento que era Candy la que lo tenía tan contento. Lo conocía como la palma de su mano y pensó: “No lo he visto tan alegre desde...” Pero no terminó el pensamiento y una sonrisita acudió a sus labios al notar la miradita que Albert intercambiaba con Candy.

Albert pareció recordar algo repentinamente y exclamó:

« ¡George! ¿Averiguaste lo que te pedí aquella vez?

-Sí. Está en este fólder –respondió George mostrando la carpeta que traía en la mano.

- Muy bien, vamos a mi oficina. Candy –dijo tomándole las manos entre las suyas– Candy, por favor espérame. No voy a demorarme. »

Candy asintió y Albert y George salieron de la habitación y la sonrisita de George era cada vez más grande. Una vez en la oficina, Albert se tiró en su silla con desenfado y subió los pies sobre el escritorio.

« Ah, George –suspiró Albert– Qué aburrido es todo esto. A veces extraño un poco mis andanzas de antes... »

La mirada de Albert se perdió en el vacío por un momento pero sus reflexiones se vieron interrumpidas por un golpeteo en la gran puerta de vidrio que daba al balconcito de la habitación. El joven se levantó inmediatamente y la abrió para recibir un animalito negro que se acurrucó entre sus brazos.

« Poupé... » murmuró Albert acariciando a su mascota. George, que miraba enternecido, se acercó y comentó, tuteándolo como en los viejos tiempos:

« Así que aquí es que tienes escondida a Poupé... ¿No te da miedo que un día entre sin avisar cuando estás reunido con alguien?

- Para nada... Que entre... ¿Qué me pueden decir? Que digan lo que quieran... »

Poupé había sido la inseparable compañera de Albert por 12 años, desde la época en que lo habían mandado al Colegio San Pablo. Se la había llevado a escondidas de todos en el barco y lo tuvo en su cuarto hasta que un día la Madre Superiora la encontró debajo de la cama. Se la quitaron y amenazaron con ahogarla. Albert, que hasta entonces había sido un alumno indisciplinado, pero que aceptaba los castigos con un mutismo y una frialdad que desconcertaban a las monjas, entró en cólera y armó tal arrebato que fue necesario llamar a George porque nadie sabía cómo calmar a Albert.

George tuvo que usar de toda su diplomacia para que le devolvieran a Albert a su querida Poupé. Pero las monjas no aceptaron que la mantuviera en su cuarto, así que desde ese día Poupé vivió en un árbol del jardín del Colegio y Albert nunca dejaba de irla a visitar en los recreos... y a veces hasta durante las horas de clase...

George sabía que era un poco responsable de la aversión de Albert por los negocios e inversamente, de su amor a la naturaleza. Los primeros años que Albert había pasado con Rosemary habían sido determinantes para el pequeño. Si bien George trató de hacerlo cambiar cuando lo tuvo a su cargo, pronto se había dado cuenta de la compleja y rica personalidad del hombrecito y de ahí en adelante, se había dedicado a cumplirle la mayoría de sus gustos (sus “excentricidades” como decía la Señora Elroy), alimentando el interés del niño con innumerables libros de Ciencias Naturales. Pero ahora Albert era muy desdichado y aunque George sabía que no había sido un error educarlo como lo hizo, comprendía que no era muy justo que Albert estuviera obligado a aceptar un cargo que rechazó desde el primer momento que George se lo mencionó.

Albert se volteó resignadamente y se volvió a sentar en la silla, con Poupé en el hombro. George se sentó en frente de él y abrió la carpeta.

« ¿Qué noticias me tienes, George?

-No muy buenas... o no sé cómo las quieras tomar tú. De acuerdo con los notarios, la adopción es inválida. Según la Ley, debías ser quince años mayor que ella al momento de adoptarla. Y según entiendo, apenas le llevas seis.

- Sí... seis años –repitió Albert pensativamente.

-También está el hecho que todos desconocían que eras menor de edad en esa época.

- ¿Qué hay de la tutela?

- La tutela es aún más complicado. No pueden ser tutores los que ya se encuentran bajo tutela. ¿Qué edad tenías en ese entonces? ¿19, 20? Legalmente, yo todavía era tutor tuyo.

- ¿Entonces, qué? ¿Todos los documentos son inválidos? ¿Candy no es reconocida por esta familia?

- Lo que le molesta al notario es que los documentos estén firmados por alguien... que no era lo que pensaban. Sin embargo, sería difícil invalidarlos, porque eras el jefe de familia de todas formas. Pero me planteó una solución: como yo era tutor tuyo en esa época, al querer ser tú el tutor de Candy, yo me convertiría en el tutor de ella. Entonces no habría mayor problema para que fuera reconocida por la familia.

- ¡George! ¿Harías eso por mí? »

George asintió lentamente y Albert suspiró, aliviado. Todo cuadraba, poco a poco los velos se despejaban... Ese asunto era el último impedimento que quedaba entre Candy y él. Sólo quedaba esperar... “Ojalá... ojalá ella...” Pero Albert volvió a fijar los ojos en George y preguntó abruptamente:

« ¿Por qué me estás tuteando ahora? »

George se sobresaltó y no supo qué responder. Albert frunció el ceño y continuó:

« Hace unos minutos sólo estaban Candy y Pierre, que no desconoce lo que has sido para mí. Me siento el peor de los ingratos al dejar que me hables así.

- William... Albert. No olvides tu puesto en la sociedad... y no olvides el mío –explicó George suavemente– Nadie entendería...

- ¡Es absurdo! Mi padre te quería como un hijo, por eso te nombró mi tutor y por eso te dio la mejor educación.

-¡Albert! ¿Cómo sabes tú eso? ¿Has estado leyendo los papeles?»

Albert se sonrojó un poco, pero volvió a retomar su aplomo al responder brevemente:

« Sí. También son míos.

-¿Entonces sabes lo de Sarah Leagan?

-Sí.

- Supongo que por eso no la invitaste. ¿Y qué vas a hacer?

-No lo sé aún. No quiero pensar en ella... no hoy. No ahora que Candy está conmigo. Mañana es mi fiesta y quiero pasarla con ella. Sin preocuparme por nadie. »

Albert miró a George, pues prácticamente estaba confesando parte de sus sentimientos por Candy. George no reaccionó y aparte de la sonrisita que había vuelto a aparecer en sus labios, parecía como si estuviera oyendo lo más natural del mundo. Albert sonrió y se despidió de él, ya impaciente de ir a ver a Candy.

***

Albert y Candy pasaron todo el resto del viernes poniéndose al día con todos los cuentos del mes en que no se habían visto. Verdaderamente eran los mejores amigos el mundo y podían pasarse horas hablando sin aburrirse.

En los momentos de silencio, Albert se dedicaba a mirar a Candy una y mil veces, confirmando cada vez esa intuición que había tenido de niño de que era la Niña más bonita del mundo. Lo que había sentido en ese entonces, sumado a lo que había empezado a brotar tímidamente en su corazón cuando estaba amnésico, ahora se había convertido en un sentimiento gigante, misterioso, complejo y que ya difícilmente podía seguir conteniendo. Pero sólo por ella lo hacía, porque sabía cuánto había sufrido y lo frágil que era su corazoncito. No quería asustarla ni presionarla... Pero esas bellas resoluciones se dispersaban cada vez que ella lo miraba a los ojos; Albert creía que se moriría sin llegar a hacer nada.

Su más gran deseo era que poco a poco ella viniera a él y pudieran empezar una vida juntos. “Candy... sé que, si tu me lo permites... yo puedo hacerte feliz como nadie lo ha hecho antes...” pensó mientras le daba el beso de las buenas noches sobre los rizos dorados.

***

El sábado pasó a una velocidad increíble. Después de desayunar con Candy, Albert se fue a medir otra vez el traje y a coordinar más detalles de la fiesta, lo que le llevó buena parte de la mañana. Terriblemente aburrida sin Albert, Candy daba vueltas en la mansión sin saber qué hacer para pasar el tiempo. Decidió ir a la biblioteca porque nunca la había explorado a fondo. Pero al abrir la puerta, una voz seca y austera preguntó:

« ¿William? »

La señora Elroy se levantó de su silla y su cara reflejó su decepción al ver que sólo era Candy. La señora luchó con esa aversión que le tenía y que sintió apenas la reconoció y se sentó de nuevo.

La verdad es que en los días que habían pasado desde el anuncio intempestivo de William Albert a la sociedad, había tenido mucho tiempo de pensar, en la villa de Chicago donde había preferido retirarse para reponerse de lo sucedido aquella vez.

No le había sido fácil reconocerlo, pero lo quisiera o no, la muchachita esa había ayudado invaluablemente a toda la familia Andrey. Donde George y ella habían fallado en encontrar a Albert, Candy no sólo lo había hallado, sino que había logrado que recuperara la memoria

« Candice. –pronunció en un tono neutral a manera de saludo.

-¿Cómo está, señora Elroy? Permítame buscar a Albert.

-No es necesario, ya está en camino.

-Oh. Está bien, entonces. Discúlpeme si la molesté.»

Candy sonrió tímidamente y se disponía a salir, pero la señora la interrogó sorpresivamente:

« ¿Has estado viviendo aquí todo este tiempo?

-Yo... eeh, no, señora Elroy. He estado... trabajando.

-¿De enfermera, supongo?

- Sí...»

A la señora le costó trabajo tomar una expresión neutral al oír eso. Definitivamente Candy no se oponía a todos los esquemas de una dama que ella tenía establecidos. Pero de no haber sido enfermera, William estaría aún perdido, amnésico... muerto, quizá. Tal vez, sólo tal vez, era una buena cosa que ella fuera enfermera. Candy dijo:

« Yo sé que usted desaprueba que yo sea enfermera, pero le aseguro que eso me hace inmensamente feliz; el ayudar a los demás es verdaderamente mi vocación...

-Basta, Candice, no sigas. –interrumpió la señora Elroy– Esta familia le debe todo a esa vocación tuya. Tengo una deuda muy grande contigo. Aún me es difícil comprender tus decisiones, pero me doy cuenta que en todos estos años nunca lo he intentado siquiera. No pretendo que seamos amigas. Pero creo que a William le agradaría si por lo menos te tolerara. »

La señora Elroy quitó la mirada, pues esas palabras le habían costado un trabajo enorme. Candy se acercó a ella y dijo con mucha sencillez:

« Muchas gracias, señora Elroy. No se hable más de ello. Albert se pondrá muy contento de esto. »

En ese preciso momento, Albert entró en la habitación y se sorprendió de ver a Candy ahí. Le sonrió y le informó que Patty acababa de llegar y que la esperaba. Candy fue a ver a su amiga, contenta.

Albert fue a darle un beso respetuoso a su tía y después de informarse sobre su estado de salud y de recibir las felicitaciones de cumpleaños, se pusieron a hablar de algunos negocios y de relaciones con las familias de alta sociedad de Chicago. De pronto la señora soltó:

« Aún no me has dicho con quien irás de pareja esta noche. ¿Hasta cuándo vas a mantener el secreto?

- Iré con Candy, tía. –respondió Albert con firmeza.

- ¡Pero William! ¿Te has vuelto loco? ¡Tú no puedes ir con ella!

- Iré, tía. –replicó Albert calmadamente– Ya no tengo trece años; ya no puedes decidir por mí quién irá conmigo al baile del Festival de Mayo.

- Ya no tienes trece años, es cierto, pero a veces parecería que disfrutas llevarme la contraria con tus decisiones extravagantes. ¿Has pensado siquiera que a los ojos de la sociedad, ella es tu hija adoptiva?

- Ya me encargué de eso, tía. Los papeles de adopción son inválidos. Y no es pupila mía, sino de George, porque yo era menor de edad cuando se tomó la decisión. Además, dudo que alguien sea tan ridículo como para considerarme padre de ella; sólo nos llevamos seis años.

- ¡Tantas jóvenes de la alta sociedad que están disponibles! Debes pensar en tu futuro, en el futuro de la fortuna de la familia, no cometas ninguna tontería con Candy, mejor búscate una joven de buena familia.

- ¡Basta! ¡Eso es inconcebible! –estalló Albert– ¡Jamás frecuentaría esas jóvenes vacías y prefabricadas que propones! ¡¿Qué es lo que realmente te interesa?! ¿Mi felicidad o el futuro de la fortuna? ¡¿Soy un fajo de billetes, es eso lo que soy para todos?! »

Albert caminó hacia una ventana para calmar su enojo. La señora Elroy no respondió nada, porque había aprendido a callar cuando Albert hablaba en ese tono tajante. Y ese tono usualmente significaba que la decisión estaba tomada y bien tomada, que nada le haría cambiar de opinión y que era inútil decir cualquier cosa. Quería mucho a su sobrino, pero siempre la desconcertaba su forma de ser.

Albert se acercó a su tía, más sereno. Tomó las manos de la señora entre las suyas y preguntó dulcemente:

« Por favor, tía... ¿No podemos llevarnos bien, solo por esta vez? »

Era difícil para una mujer resistirle a Albert cuando miraba de esa manera y la señora Elroy no era la excepción. Suspiró y miró a su sobrino que siempre se salía con la suya y no hacía nada más que su santa voluntad.

« Dios sabe que yo siempre he querido llevarme bien contigo, William. Pero siempre fuiste un muchachito imposible de comprender... Sólo te pido que pienses bien en lo que estás haciendo.

- Oh, ya está muy bien pensado... »

***

Toda la alta sociedad de Chicago se había reunido en la mansión Andrey. En las mesas se podían degustar exquisitos manjares y un cuarteto ambientaba el salón con música. En cada esquina de la sala habían señores muy elegantes vestidos de frac, respetables señoras mayores y jovencitas que conversaban con afectación. Por supuesto, entre las jovencitas el tema de la noche era William Albert Andrey, el soltero más guapo y más codiciado de Chicago:

- Yo estaba ahí el día del supuesto compromiso de Neil Leagan y lo alcancé a ver–decía una con cierto orgullo a sus dos amigas–Vieran lo apuesto que es; es increíblemente guapo, casi un sueño.

- ¿De veras? ¡Qué suerte, Marysse!

- ¡Sii, qué envidia! Pero cuéntanos lo que pasó aquella vez.

- Pues parece que querían casar a su hija adoptiva Candice con Neil sin su consentimiento y él entró a anunciar que el compromiso no se daría, ¿puedes creer?

- ¿Pero esa Candice de dónde salió? Dicen que es muy bonita.

- Oh, sí, Neil perdió la cabeza por ella.

- Pues yo he oído que es una enfermera y que trabajó de sirvienta donde los Leagan.

- ¿Cómo va a ser? ¡Qué increíble!

- ¿Saben lo que yo he oído? Que ella y William tienen un romance desde hace tiempo.

- Oh, sí, yo también he escuchado eso, ese día Neil mencionó que vivieron juntos por un tiempo. Y William no lo desmintió.

- ¡Pero qué escándalo!

- Bah, han de ser habladurías. William no se fijaría en una chica como ella. Se fijará en chicas de buena familia como nosotras, ¿verdad chicas?

- A propósito ¿quién será su pareja?

- Alguna tonta afortunada. Nadie sabe quién será.

- La mujer del mayordomo de mi padre dice que escuchó que él le mandó a hacer un vestido especialmente para la ocasión.

- ¿En serio? ¡Qué suerte tiene esa tipa! Pero apenas se descuide, William estará libre para nosotras.

- Claro, no puedo esperar a que lo anuncien, ya verán como bailará conmigo.

- No te hagas muchas ilusiones, Marysse, tendrás que compartirlo con todas nosotras. »

Conversaciones similares se daban en todos los grupos y todas se peleaban a William Andrey de antemano. De pronto los músicos finalizaron la pieza: todos en el salón hicieron silencio y se podía sentir una agitación impaciente entre los presentes. El maestro de ceremonia anunció con voz fuerte a Sir William Albert Andrey.

Un “Aaah” general recorrió la sala cuando Albert apareció en lo alto de las escaleras. Con la cabeza en alto y un garbo que le era natural, se avanzó hasta el borde y contempló a los presentes. Parecía una escultura griega observando pensativamente la asamblea de los mortales. El tartán de la familia acentuaba el rubio de sus cabellos y los rasgos harmoniosos y viriles de su rostro. El kilt que le cubría hasta las rodillas despertó sentimientos atrevidos hasta en las más respetables señoras.

Indiferente a las reacciones que provocaba su aparición, Albert se volteó para sonreírle a alguien que los presentes no podían ver y extendió una mano en esa dirección. Tímidamente, Candy salió del pasillo donde estaba, tomó la mano de Albert y él le ofreció el brazo. La joven caminó con una majestuosidad que nunca antes había tenido; parecía que el aire solemne de la situación la hacía actuar como toda una dama experta.

Mientras descendían la escalera, se escuchó esta vez un “Oooh”, porque Albert y Candy no se veían para nada como pupila y tutor, ni mucho menos como padre e hija, sino como marido y mujer. El vestido de Candy, finamente bordado en el mismo tartán que el que llevaba él, acentuaba más esa impresión de pareja que tenían los presentes. En determinado momento, Albert miró a Candy con tanta solicitud que todas las jóvenes comprendieron que la partida estaba perdida de antemano, y que esa noche, William Albert Andrey sólo tendría ojos para Candice.

Al pasar juntos delante del cuarteto, uno de los músicos le preguntó:

« ¿Alguna pieza en especial, Sir William? »

Albert pensó por un momento en el vals apropiado para abrir esa noche y respondió:

« Mmm, sí. El vals de la Bella Durmiente de Tchaikovski. »

Mientras los músicos alistaban las partituras y sus instrumentos, Albert guió a Candy hasta la mitad del salón de baile. Al comenzar los primeros acordes, Candy y él se inclinaron para hacerse la reverencia y empezaron a bailar.

Vals tras vals... pieza tras pieza... Albert y Candy no se habían soltado en toda la noche, dando vueltas sin cesar en la pista de baile. Ninguna de las parejas presentes bailaba con tan perfecta gracia y sincronía. En los brazos de Albert, Candy creía vivir un sueño. Desde tan pequeña había deseado bailar con él, con su Príncipe... y ahora él estaba junto a ella y los bailes parecían no tener fin. Él la miraba de un modo especial, también inmensamente feliz poder compartir esa noche mágica junto a ella. Porque eso sentían los dos, que la noche era mágica, que sólo era para ellos y que no existía más nadie...

Cuando la música terminó por fin, ambos se quedaron parados en medio de la sala, asombrados de lo mucho que habían bailado y de lo cansados que se sentían de repente. Entonces Candy decidió que necesitaba tomar aire y que saldría a la terraza. Albert prometió ir a acompañarla, pero antes iría a buscar un par de copas de champaña para quitarse la sed.

Pero a Albert le fue difícil esquivar las presentaciones ya que cada tres pasos se encontraba con alguna alta personalidad de Chicago que quería conocerlo –o peor, presentarle a su hija. Entonces, por cortesía, él estaba obligado a hablar con esas personas, simular estar agradablemente sorprendido ante las jóvenes... y Candy que lo esperaba en la terraza. “¿Qué no ven que solo quiero estar con ella?” pensó mientras salía con las copas en la mano, al tiempo que se felicitaba de haberse zafado de una vieja intrigante que lo quería forzar a bailar con su hija.

Pero ahí estaba Candy, esperándolo. La sonrisa que le dedicó hizo que Albert sintiera que todo había valido la pena. Puso las copas sobre la baranda y se volteó para verla. Ella lo sorprendió con un abrazo espontáneo y él la recibió. Se quedaron un momento sin decir nada. Candy sólo pensaba en lo guapo que se veía él con el kilt. El niño lindo de la Colina ahora era un hombre... el verlo así vestido le hacía perder la calma, la razón. Sólo sabía que quería estar junto a él y que nadie más estuviera con él. Perfume... la colonia de Albert olía deliciosamente y ella sentía que sus brazos era el mejor lugar en el que podía estar...

« Albert... –dijo alzando la mirada y se dio cuenta de lo cerca que estaba su rostro.

- Dime, Candy –murmuró él, también consciente de la cercanía.

- Hoy es tu cumpleaños... Y como es una noche tan especial, todos tus deseos serán cumplidos.

- ¿Adónde quieres llegar, Candy...? –Albert no podía despegar sus ojos de los de Candy... sólo milímetros y...

- Me quedaré en Chicago contigo.

- ¡Candy! ¿En serio? –ella asintió– Pero el Hogar...

- Shh. No protestes: es sólo porque hoy es tu cumpleaños... –dijo ella acercándose peligrosamente a Albert.

-Ohh... –murmuró él, incapaz de resistir un momento más la tentación de esos labios rosados que... –¿Sí? –continuó con voz sensual– Es que esta noche, yo quiero pedir otra cosa...

- ¿Qué quieres pedir, Albert? »

La voz de Candy no era más que un susurro imperceptible. Lentamente, Albert tomó la barbilla de Candy entre sus dedos y juntó las narices. Se quedó un momento sin hacer ningún movimiento, sólo para asegurarse que Candy entendía adonde quería llegar. Ella no se movió tampoco y su respiración entrecortada hacía cosquillas sobre los labios de Albert. Él cerró los ojos para capturar ese momento sublime en que finalmente la besaría... Candy lo vio cerrar los ojos y fijó los suyos en la boca de Albert, que temblaba a la espera... Candy cerró los ojos también e impaciente, avanzó la cabeza para besarlo...

En ese PRECISO momento!!!! La puerta de la terraza se abrió bruscamente, dejando pasar a Archie que sostenía a Annie por el brazo. Annie no notó nada, pero a Archie no se le escapó la posición comprometedora en que estaban Candy y Albert ni el salto que pegaron cuando los vieron entrar. Observó que las mejillas de Candy estaban sonrojadas y que Albert se alejaba de ella nerviosamente. Archie frunció el ceño. Sus sospechas eran ciertas: al verlos bailar esa noche había sentido que por fin había sucedido algo que Annie y él venían comentando desde hacía ya cierto tiempo... la amistad especial de Candy y Albert era algo más que amistad... Pero todo esto pasó por la mente de Archie en fracción de segundos y recordó de golpe que Annie no se sentía bien y se sonrojó él también al farfullar:

« Eeh... Perdón, no quisimos interrumpir... no sabía... es que Annie se siente mal... »

Vio como la cara de Candy cambiaba inmediatamente, ahora reflejando preocupación. Ahora convertida en enfermera, se acercó a su amiga para ocuparse de ella. Mientras la hacía sentarse en un banco y le hacía preguntas, Archie observó que Albert tomó una de las copas de champaña que estaban en la baranda y se la bebió de un solo golpe “¿Para calmarse los nervios?” se preguntó Archie, terriblemente curioso de saber lo que habían interrumpido. También en ese momento, Patty salió a la terraza, también preocupada por Annie y Albert dejó escapar una risita que sólo Archie escuchó. Definitivamente la terraza era un lugar aún más público que el mismo salón. Albert tuvo ganas de beberse la otra copa, más porque le molestaba verla ahí olvidada que porque realmente le gustara la champaña. Optó por dejarla ahí. Al acercarse a las muchachas, se encontró con la mirada interrogativa de su sobrino. Ignorándolo, preguntó, genuinamente preocupado ahora que veía la cara de Annie:

« ¿Qué pasó?

-Creo que Annie se mareó por el champagne –respondió Patty

-¡Archie! –regañó Candy– ¿Qué le has estado dando?

-No me di cuenta que se sentiría mal... Annie, te llevaré a tu casa, ¿sí?

-Anda, Annie, estarás bien –aseguró Albert ayudándole a pararse– Generalmente pasa las primeras veces.

- Sí, la próxima vez estarás mejor. »

Archie salió con Annie y Patty se ofreció a acompañarlos hasta la puerta. Candy iba a seguirlos, pero inesperadamente, Albert la detuvo por el brazo. Quería saber... si ella se alegraba de la interrupción o si, como él, se preguntaba cómo habría sido besarse. No dijo nada; sólo la miró. Candy no se sonrojó ni trató de zafarse. Primero lo miró con un dejo de tristeza en los ojos y Albert creyó morirse. Pero luego le sonrió coquetamente y le guiñó el ojo con complicidad. Entonces Albert sonrió también y le besó la mano:

«¡Regresemos a la fiesta, Candy! »

Candy vaciló un poco, pero no dudó más: Annie se repondría y Archie la cuidaría. Mientras tanto, ella y Albert podían pasarla bien juntos en la fiesta. Después de todo, era la fiesta de cumpleaños de Albert. Mientras le tomaba el brazo y volvían a la sala, ella se sorprendió de lo calmada que estaba. No se sentía asustada ni nada... era como si lo que estuvo a punto de suceder, era algo que siempre había debido pasar... “Creo que me gustaría intentarlo otra vez...” se dijo con picardía. Aunque no hubo otra ocasión de escabullirse de la fiesta, el resto de la noche fue entretenida para los dos, porque juntos podían hacerle frente a los invitados sin que ninguno se atreviera a hacer insinuaciones extrañas.

El brindis... más vals... el encanto de la noche no parecía acabarse nunca. Pero lo que Candy atesoraría en un lugar muy especial en los recuerdos de la noche, era el salto que había dado su corazón al sentir la proximidad de los labios de Albert junto a los de ella.

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Cápítulo 6: Misterios de Familia

Albert suspiró pesadamente y se aflojó un poco la corbata. Apoyó su cabeza sobre la puerta que acababa de cerrar al despedir a uno de los innumerables notarios que se ocupaban de la fortuna. Caminó hasta el escritorio y consultó la agenda abierta en una esquina. Todas las mañanas, George la ponía bien visible para que él recordara todas las citas del día y que no se le ocurriera siquiera darse una fugadita. Afortunadamente, George se esmeraba en dejarle horas libres entre las citas y además, horas desocupadas extra -que Albert pasaba con Candy.

Ya había pasado más de un mes desde aquella fiesta mágica que Albert no dejaba de recordar. Pero no había pasado mucho tiempo hasta que él había comprendido con dolor que esos tres días con Candy habían sido un lujo casi irrepetible. Todos los días tenía citas, visitas, almuerzos, negocios, reuniones, cenas... era para volverse loco. Pero esa era la clase de vida que le había sido destinada desde su nacimiento y ya le había rehuido por demasiado tiempo. A veces en medio de una reunión, mientras que algún señor se ponía a citar estadísticas, Albert se desconectaba y pensaba en otras cosas mientras fingía tomar notas en su agenda. Surgían entonces a su encuentro paisajes exóticos, aire cálido y sobre todo una gran nostalgia de la Aventura, de lo Desconocido, de aquella sensación agradablemente inquietante que sentía al pisar tierras lejanas... y en esos sueños despierto invariablemente aparecía una linda pecosa de rizos dorados que lo acompañaba en las exploraciones y cuya risa iluminaba aún más los paisajes soleados... Verdaderamente que no se imaginaba viajar sin Candy a estas alturas...

Pero casi siempre el orador lo interpelaba, haciéndolo regresar bruscamente a la realidad a la cual pertenecía y entonces, nervioso, consultaba unas notas inexistentes pensando qué responder. Pero entonces George, que siempre lo acompañaba a todas las reuniones comentaba algo para salvar la situación. Las miradas discretas de reproche de George hacían que Albert se prometiera cada vez que se esforzaría por interesarse en los negocios, pero esta situación se repetía invariablemente y Albert sabía que no estaba poniendo suficiente de su parte.

¿Pero cómo podía poner interés en algo que le robaba tiempo con Candy? Extrañaba los tiempos de Chicago, cuando vivían juntos y se veían todos los días... ¡Cuán felices eran esos tiempos! Aunque ahora le dedicaba sus pocas horas libres a su querida Candy, alternando almuerzos, cenas y paseos en el amanecer o en el atardecer, no era suficiente y temía que ocurriera un distanciamiento... Después del casi beso de la fiesta no había tenido ocasión de intentarlo otra vez y ya se preguntaba si en realidad había sucedido o si se lo había imaginado. Habían habido otras fiestas, sí, en casa de otras familias y Candy siempre había sido su pareja, pero la libertad que tenían allá no era la misma que en la mansión de Chicago. En su desesperación, Albert había incluso considerado organizar otra fiesta, pero terminó desechando esa idea poco agradable en muchos sentidos.

Comprobó con alivio que no tenía nada apuntado en la agenda a esa hora. Recordó que Candy estaba visitando a Annie y que por lo tanto no podía verla. Pero por lo menos sabía que Candy no se aburría tanto en su ausencia: siempre manteniéndose activa, ahora se dedicaba a recorrer hospitales, orfanatos y asilos de ancianos junto con Annie y Archie y juntos liderizaban un movimiento que financiaba obras de caridad. No era tarea fácil concientizar a la alta sociedad de Chicago, pero el apellido Andrew ayudaba mucho y era algo que ni Candy ni Archie dejaban pasar por alto.

Albert caminó hasta la puerta de vidrio y le abrió a Poupé. Tiró el saco sobre el escritorio, se soltó completamente la corbata, se desabotonó los botones de arriba de la camisa y la sacó un poco del pantalón. Ahora más cómodo, acarició dulcemente a la mofeta y se sentó en la silla. Dormitaba a medias cuando de repente escuchó un revuelo en el pasillo, unos pasos que se acercaban firmemente y una voz que hablaba en un tono alto. Sorprendido, observó cómo la puerta de su oficina se abría sin más miramientos. ¿Quién podía atreverse a entrar sin tocar? Poupé dio un salto desde su regazo hasta un cajón, donde se escondió. Ahora francamente inquieto, Albert se puso de pie y vio que la persona era nada más y nada menos que Sarah Leagan.

Ni siquiera hizo el esfuerzo de disimular la mueca de desagrado que acudió a sus labios al ver a esa mujer en su oficina. Sin dejarse intimidar, ella cerró la puerta y avanzó hasta el escritorio. Miró a Albert de arriba abajo; él no se movió y ella comentó sarcásticamente:

« ¡Vaya, hermanito, veo que tomas muy en serio tu trabajo!»

Él alzó los hombros y miró a través de la puerta de vidrio sin responder nada. Ella no podía dejar de estudiarlo: era la primera vez que estaba frente a frente con este misterioso miembro de su familia. Albert preguntó secamente sin voltearse:

« ¿Qué haces aquí, Sarah? »

La pregunta brusca la había desarmado un poco: esperaba conversar más con él, pero su frialdad dejaba muy claro que no estaba interesado en mostrarse amistoso con ella. La Sra. Leagan tomó una actitud de reina ofendida:

« Me dijeron que diste una fiesta hace más de un mes. Me enteré por habladurías. ¡Hace un mes, William! ¿Por qué no fui invitada?

-Eres un mujer inteligente, Sarah. ¿Es tan difícil encontrar la razón?-el tono irónico de Albert no se le escapó.

-¿A qué te refieres?

-Pensé que tú y tus hijos preferirían evitar la humillación de enfrentarse a la sociedad de Chicago después del compromiso frustrado de Neil -replicó él volteándose hacia ella. ¿Cómo están las cosas por Florida?

-Lo que sucedió con Neil fue lamentable. No veo por qué tuviste que intervenir de esa manera tan tajante. Podrías habernos evitado semejante humillación...

-No lo creo. Eso es algo que tus hijos se estaban buscando desde hace tiempo. No desconozco ninguna de sus tretas y de los malos tratos que le han dado a Candy desde que entró a su casa.

-Vaya, vaya... -comentó ella insidiosamente. También era cierto lo que me dijeron: esa Candy te tiene embobado. ¡No puedo creer que le creas a ella y que la defiendas! ¡Neil y Elisa son tus sobrinos!

-No lo son. »

Albert soltó esas palabras con tanta calma y determinación que la Sra. Leagan perdió todo su aplomo y palideció ligeramente. Pero no quiso que Albert se diera cuenta de ello y descaradamente fingió sorpresa:

« ¿Cómo que no son tus sobrinos? ¿Acaso no son mis hijos, los hijos de tu hermana?

-No eres mi hermana, Sarah. »

Esta vez ella no pudo disimular la inquietud que empezaba a ganarla y vaciló. Temblando ligeramente, se sentó en una de la sillas para no caerse. Albert continuó con la misma serenidad:

« ¿Qué crees? He estado leyendo los papeles... Aprendí muchas cosas interesantes sobre la historia de nuestra familia.»

Ella lo miró con furia, sintiéndose impotente. Sarah Leagan renegó silenciosamente del que no había quemado esos papeles. Albert caminó pausadamente por la oficina, dejándole unos momentos para reponerse de esa noticia intempestiva.

***

Sir William Alexander, el abuelo de Albert, había tenido tres hijos: William Christopher, el mayor y el heredero de la fortuna, un hija: Margaret Rachel (quien más tarde se convertiría en la Sra. Elroy) y el menor, John Gilbert.

William Christopher y Margaret diferían en muchísimas cosas, pero en algunos rasgos no dejaban de parecerse. Ambos sentían un amor intenso hacia Escocia y las tradiciones de la que consideraban su patria. Los dos demostraban gran inteligencia y una habilidad innata hacia los negocios. Se destacaron siempre por sus excelentes calificaciones, pero Margaret, por ser la segunda y mujer, sabía que el manejo de la fortuna no le estaba destinado. A pesar de esto, William Christopher nunca perdía la ocasión de consultarla cuando tenía algún negocio importante. Por lo demás, los dos hermanos eran tan diferentes que ellos mismos preferían no discutir de temas que no fueran de negocios. William tenía una alma recta y bondadosa, dada a la generosidad, mientras que Margaret mantenía siempre una actitud fría y severa a pesar de su juventud y observaba todas las normas sociales con una rectitud que horrorizaba a su hermano mayor. Tampoco se parecían físicamente en lo más mínimo y esto no hacía más que aumentar la brecha invisibl